jueves, 17 de enero de 2008

Una voz sin eco

Una voz sin eco

Que tristeza invade el alma del humano
el ingrato alcoholismo que no muere;
monstruo horrendo que carcome poco a poco
a nuestros hermanos que deambulan por las calles.

Llora el espíritu, el alma se lamenta
cuando no es apreciada la existencia,
herencia divina que el Redentor nos otorgara
para llevar su imagen tan pura y tan divina.

Que maléfico es este germen que nos hunde
en el fango denigrante, cual abismo
succionando la voluntad y la esperanza
para no saborear los dones de la vida.

Cuántos cadáveres andantes se encaminan
a un objetivo sin luz y sin certeza;
producto de la cobardía y los antros
que ríen en su clandestinidad avorazada.

Quien pudiera combatirlos con apego,
en nombre de Dios que nos adora;
porque es triste que muchas almas se destruyan
teniendo autoridades para ello designadas.

Sólo un milagro puede sacarlos de aquel lodo
que acecha a nuestra juventud que hoy florece;
bastiones de esta patria que sueña y anhela
un futuro sin lacras humanas que su nombre desprestigien.

No hay quien se conduela de estas almas
que ya perdieron el haz de luz en que nacieron;
pero al final, unos acarician sus ganancias
y otros su carne en harapos convertida.

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